Un segundo y todo cambia.

Fernando ya no tenía nada que hacer.

De repente, y por esos segundos de la vida, le transformaron su brújula en una ruleta.

Tuvo suerte, la bola paró donde tenía que parar. Donde hace millones de años, alguien sabía que existiría ése segundo en el que la bola pararía donde tenía que parar.